La cobardía de Amar.
Vengo de las cenizas, como el ave fénix, recogiendo los pedazos, emergiendo de la total reconstrucción. En mi corazón no hay otra alternativa más que seguir amando, porque eso somos, eso anhelamos. Por eso me he rehecho durante tanto tiempo; estuve en una incubadora, recuperándome, aprendiendo, perdonando. Mi mente, en este viaje, ha sido simultáneamente mi mejor amiga y mi peor verdugo. Sin embargo, impulsada por un deseo vehemente de avanzar, me he atrevido a navegar las aguas profundas del subconsciente para entenderme, para ver con claridad. Sólo así he conseguido traer un pedazo del cielo a mi vida; sólo así se han alineado mi mente y corazón en el deseo genuino y claro de amar.
No comprendo la cobardía para amar, la debilidad ante lo angustiante, el alejamiento de lo que era posible sanar. Me resulta ajeno el rechazo a avanzar, la negación de sentir. Parece que estamos tan acostumbrados a huir del dolor, a tomar una medicina que en minutos nos alivie el malestar, que olvidamos el arte de construir, de sentir gradualmente, de superar obstáculos paso a paso.
Hemos dejado de lado el proceso de cultivar y regar las semillas que mañana darán sus frutos. En lugar de enfrentar nuestros temores, elegimos el camino de menor resistencia, pero no sin coste. La verdadera fortaleza reside no en la evitación, sino en la confrontación valiente de nuestras batallas internas, en la capacidad de mirar dentro de nuestras propias ruinas y decidir reconstruir, piedra por piedra.
Cada paso en mi camino de sanación ha sido una oportunidad para crecer, para redescubrir el amor no solo hacia los demás, sino también hacia mí misma. Cada momento de introspección ha sido un paso hacia la aceptación de que, aunque el amor conlleva riesgos, es también la fuente más profunda de nuestra humanidad.
El amor nos desafía a ser más de lo que creíamos posible. Nos pide que bajemos nuestras defensas, que nos mostremos vulnerables, que nos arriesguemos a ser heridos porque el premio—una conexión genuina y profunda—vale infinitamente más que el precio del dolor temporal. Así, el acto de amar se convierte no en un acto de cobardía, sino en uno de coraje, un testimonio audaz de nuestra resiliencia y nuestra capacidad inquebrantable de esperanza.
Así que aquí estoy, renacida de las cenizas de mi antiguo yo, con una perspectiva nueva, un corazón dispuesto a amar sin reservas y una mente que, finalmente, entiende que en la fragilidad de nuestros momentos más oscuros se encuentran las semillas de nuestra mayor fuerza.
No hay comentarios:
Publicar un comentario